-Buenos días mi vida.- me dijo con esa sonrisa suya que por la mañana me inundaba de felicidad.
-¿Qué quieres que hagamos hoy?- dije aún pasando mis dedos a lo largo de su brazo, contemplándola fijamente con una cara de embobada que me hacía parecer idiota.
-Pues... ¿Damos nuestro último paseo general?
-Me parece genial- sonreí.- Me preparo y bajo a comprar algo así comemos fuera, estilo "piknik" ¿vale?
-Vale cielo- me besó y me dirigí a la ducha.
Malú y yo llevamos ya tres años viviendo en Roma. En total cinco años juntas. Mañana nos volvemos a Madrid otra vez, porque a mi me llamaron para ponerle voz a un personaje en una película de dibujos animados y tal como estaba el tema laboral no se podía desaprovechar ninguna oportunidad. Es un buen momento para agradecerle a Roma los 3 años tan perfectos que me regaló. Tres años en los que pasaron tantas, tantas cosas que si las contara ahora necesitaría más de tres años incluso.
Gracias a estos tres años Malú y yo estamos mejor que nunca. Todo es mejor; el sol brilla más, nosotras sonreímos más... en definitiva, todo brilla con luz propia.
Hoy es nuestro último día en Roma. Un día para despedirnos de esta ciudad que tan felices nos hizo. Termino de ducharme y... ¿qué me pongo? Hay cosas que no cambian, desde luego.
Cuando por fin me decido, me pongo esto:
Lo cierto es que Roma había hecho que me volviera más juvenil, más viva. Y aquello se notaba en mi forma de vestir, de expresarme, de todo en general.
Había empezado a cantar en colegios de primaria y también a dar clases de canto a niños pequeños. Todo había dado un giro enorme.
Malú ya tenía otro disco y tenía pendiente un próximo viaje a México para el siguiente. Pero aunque todo fuera demasiado deprisa, cuando teníamos tiempo para estar juntas nada de eso importaba. Éramos ella, yo y Roma, la combinación perfecta.
Por fin estuve lista y bajé al supermercado para comprar algo de comer. Subí enseguida ya que el supermercado estaba en frente y no había mucha gente.
Me encantaba Roma, sus calles, su gente... Habíamos alquilado un piso en un barrio normal, y con normal me refiero a que no fuimos a ningún sitio más reservado por Malú ni nada. Escogimos precisamente un barrio humilde para poder interactuar con la gente, hacer vida de persona corriente y no de famosos en el caso de Malú. Aquello era lo más perfecto que podía existir, desde luego. Era un barrio tranquilo, con poca gente por lo que se conocía todo el mundo. Y precioso, tenía un parque enorme lleno de flores de distintos tipos y colores, con una gigante fuente en el medio. Malú se había traído a sus perros con nosotras, como era obvio y todas las mañanas, tardes y noches los llevábamos a pasear a aquel parque. Siempre se nos acercaba una señora que se pasaba los días enteros allí, la señora Marta. Ella es española, de Sevilla, pero se había ido a vivir allí hacía no me acuerdo cuantos años, por su marido que era de aquí, por lo que cuando vio a Malú la primera vez no se lo podía creer.
Cada día tenía una historia nueva que contarnos e imaginaros cuántas, si íbamos todos los días durante tres años. Algunas veces nos hablaba de los cotilleos del pueblo, de los cuales no hacía falta ser muy detective para enterarse por que como digo es un pueblo muy pequeño. Otras veces nos contaba cosas de la infancia de sus doce hijos. Si señores si, doce, ni más ni menos. Aquello me hacía gracia, porque la señora con todo el desparpajo del mundo nos decía "Es que claro, no teníamos tele en esa época" y siempre rompíamos a carcajadas.
Hoy, como era el último día que íbamos a estar allí, lo primero que haríamos sería ir al parque a despedirnos de Marta. Cuando llegamos allí junto con los tres perros, vimos a marta sentada en el banco de siempre, echándole pan a las palomas.
-Buenos días bonitas. Que pronto habéis salido hoy- rió
-Si, bueno, queremos aprovechar el día al máximo.- sonrió Malú
-Hemos venido a despedirnos Marta, hoy es nuestro último día en Roma.- Le dije sentándome a su lado y cogiendo migas de pan para tirárselo a las palomas yo también
-¿Y eso? ¿Cómo que os vais?
-Si, bueno, a Alex le ha salido un trabajo en Madrid y yo tendré que pasarme algún día por el estudio- reímos. Y es que era cierto, Malú llevaba tres años grabando en un estudio de Roma.
-¡Ah, pero esa es una buena noticia! ¿Me llamaréis?
-Claro que si Marta- sonreí
-En ese caso, tened buen viaje y disfrutad mucho. Pero que sepáis que os voy a echar mucho de menos.
-Y nosotras a ti mujer.- dijo Malú, abrazándola.
Estuvimos durante un rato hablando con la mujer hasta que llegó la hora de comer. Esta vez fuimos a una playa. Teníamos un "rincón favorito" en ella desde el primer día que pisamos su arena. Era una parte de la playa que tenía una especie de cueva, algunos árboles, la arena y el agua, tan cristalina que te reflejabas. Era precioso, inolvidable.
Como el sol pegaba bastante fuerte la cueva nos servía de refugio para no quemarnos y comer a la sombra. Tenía una gran ventaja aquel rincón y es que nadie iba. Estaba totalmente desierto. Y eso nos daba carta blanca para ponernos tan cariñosas como quisiéramos.
Fue una tarde genial, entre risas y besos hasta que llegó el atardecer. Me acerqué a la orilla del mar, a contemplar aquel fenómeno que tanto me gustaba. Me senté entre la arena seca y la húmeda, cosa que se me mojaran los pies pero no yo entera. Me encantaba aquello, y no quería dejarlo por nada del mundo. ¿Os hacéis una idea de lo precioso que es contemplar el atardecer en una playa con la persona que más quieres a tu lado? Para los que no lo sepáis, es lo mejor del universo y más, si cabe.
Malú vino despacio hacia mi, se arrodilló en la arena y abrazó mi cuello por detrás.
-Prométeme que volveremos.- me dijo al oído
-Te lo prometo.- le contesté aún mirando al frente.
-¿Cuánto más estaremos juntas?
-Hasta que tu quieras.
-¿Hasta que yo quiera? ¿Y tu no cuentas?
-Yo se que no te dejaría por nada del mundo, cariño.- En ese instante me giré y vi como una lágrima resbalaba por su mejilla. Pero era la verdad, si la dejaba ir era completamente tonta. Me giré de cuerpo entero y pegamos nuestras frentes. La abracé con fuerza y besé sus labios. Despacio, con pasión... Como si pudiera detener el tiempo yo sola, solo con esa acción.
Y así iba acabando ya nuestra etapa en Roma para dar comienzo a una nueva otra vez en Madrid...
Comienza la aventura.
Lo cierto es que Roma había hecho que me volviera más juvenil, más viva. Y aquello se notaba en mi forma de vestir, de expresarme, de todo en general.
Había empezado a cantar en colegios de primaria y también a dar clases de canto a niños pequeños. Todo había dado un giro enorme.
Malú ya tenía otro disco y tenía pendiente un próximo viaje a México para el siguiente. Pero aunque todo fuera demasiado deprisa, cuando teníamos tiempo para estar juntas nada de eso importaba. Éramos ella, yo y Roma, la combinación perfecta.
Por fin estuve lista y bajé al supermercado para comprar algo de comer. Subí enseguida ya que el supermercado estaba en frente y no había mucha gente.
Me encantaba Roma, sus calles, su gente... Habíamos alquilado un piso en un barrio normal, y con normal me refiero a que no fuimos a ningún sitio más reservado por Malú ni nada. Escogimos precisamente un barrio humilde para poder interactuar con la gente, hacer vida de persona corriente y no de famosos en el caso de Malú. Aquello era lo más perfecto que podía existir, desde luego. Era un barrio tranquilo, con poca gente por lo que se conocía todo el mundo. Y precioso, tenía un parque enorme lleno de flores de distintos tipos y colores, con una gigante fuente en el medio. Malú se había traído a sus perros con nosotras, como era obvio y todas las mañanas, tardes y noches los llevábamos a pasear a aquel parque. Siempre se nos acercaba una señora que se pasaba los días enteros allí, la señora Marta. Ella es española, de Sevilla, pero se había ido a vivir allí hacía no me acuerdo cuantos años, por su marido que era de aquí, por lo que cuando vio a Malú la primera vez no se lo podía creer.
Cada día tenía una historia nueva que contarnos e imaginaros cuántas, si íbamos todos los días durante tres años. Algunas veces nos hablaba de los cotilleos del pueblo, de los cuales no hacía falta ser muy detective para enterarse por que como digo es un pueblo muy pequeño. Otras veces nos contaba cosas de la infancia de sus doce hijos. Si señores si, doce, ni más ni menos. Aquello me hacía gracia, porque la señora con todo el desparpajo del mundo nos decía "Es que claro, no teníamos tele en esa época" y siempre rompíamos a carcajadas.
Hoy, como era el último día que íbamos a estar allí, lo primero que haríamos sería ir al parque a despedirnos de Marta. Cuando llegamos allí junto con los tres perros, vimos a marta sentada en el banco de siempre, echándole pan a las palomas.
-Buenos días bonitas. Que pronto habéis salido hoy- rió
-Si, bueno, queremos aprovechar el día al máximo.- sonrió Malú
-Hemos venido a despedirnos Marta, hoy es nuestro último día en Roma.- Le dije sentándome a su lado y cogiendo migas de pan para tirárselo a las palomas yo también
-¿Y eso? ¿Cómo que os vais?
-Si, bueno, a Alex le ha salido un trabajo en Madrid y yo tendré que pasarme algún día por el estudio- reímos. Y es que era cierto, Malú llevaba tres años grabando en un estudio de Roma.
-¡Ah, pero esa es una buena noticia! ¿Me llamaréis?
-Claro que si Marta- sonreí
-En ese caso, tened buen viaje y disfrutad mucho. Pero que sepáis que os voy a echar mucho de menos.
-Y nosotras a ti mujer.- dijo Malú, abrazándola.
Estuvimos durante un rato hablando con la mujer hasta que llegó la hora de comer. Esta vez fuimos a una playa. Teníamos un "rincón favorito" en ella desde el primer día que pisamos su arena. Era una parte de la playa que tenía una especie de cueva, algunos árboles, la arena y el agua, tan cristalina que te reflejabas. Era precioso, inolvidable.
Como el sol pegaba bastante fuerte la cueva nos servía de refugio para no quemarnos y comer a la sombra. Tenía una gran ventaja aquel rincón y es que nadie iba. Estaba totalmente desierto. Y eso nos daba carta blanca para ponernos tan cariñosas como quisiéramos.
Fue una tarde genial, entre risas y besos hasta que llegó el atardecer. Me acerqué a la orilla del mar, a contemplar aquel fenómeno que tanto me gustaba. Me senté entre la arena seca y la húmeda, cosa que se me mojaran los pies pero no yo entera. Me encantaba aquello, y no quería dejarlo por nada del mundo. ¿Os hacéis una idea de lo precioso que es contemplar el atardecer en una playa con la persona que más quieres a tu lado? Para los que no lo sepáis, es lo mejor del universo y más, si cabe.
Malú vino despacio hacia mi, se arrodilló en la arena y abrazó mi cuello por detrás.
-Prométeme que volveremos.- me dijo al oído
-Te lo prometo.- le contesté aún mirando al frente.
-¿Cuánto más estaremos juntas?
-Hasta que tu quieras.
-¿Hasta que yo quiera? ¿Y tu no cuentas?
-Yo se que no te dejaría por nada del mundo, cariño.- En ese instante me giré y vi como una lágrima resbalaba por su mejilla. Pero era la verdad, si la dejaba ir era completamente tonta. Me giré de cuerpo entero y pegamos nuestras frentes. La abracé con fuerza y besé sus labios. Despacio, con pasión... Como si pudiera detener el tiempo yo sola, solo con esa acción.
Y así iba acabando ya nuestra etapa en Roma para dar comienzo a una nueva otra vez en Madrid...
Comienza la aventura.

No hay comentarios:
Publicar un comentario